Queridos Novios:

Están comenzando la última etapa de preparación al matrimonio sacramental.
Van a emprender juntos una aventura apasionante pero, a la vez, compleja. Conviene que se sienten a reflexionar juntos para elaborar lo que debería ser su proyecto de vida en común. Los invitamos, por eso, a pensar en qué principios, metas, acuerdos y resguardos asumirán libremente para orientar su matrimonio. Con ese fin, conviene que examinen primero la originalidad de cada uno y la manera de complementarse. La pregunta que está detrás es cómo mantener y cultivar el amor que hoy día los une para que sea fuente de felicidad para siempre.

En estos apuntes queremos entregarles una pauta para reflexionar sobre las condiciones que se requieren para llegar al matrimonio bien preparados, con plena conciencia de lo que significa vivir una vida matrimonial armónica, estable y llena de amor.

Estas páginas son una ayuda tanto para la reflexión personal como para el diálogo entre ustedes. Su finalidad es ayudarles a elaborar en común su proyecto de vida.

Si bien deben servir para ayudarlos a reflexionar como pareja, no suplen los encuentros con los guías. Al contrario, los facilita.

Para sacar el máximo provecho de esta pauta de trabajo, les aconsejamos utilizar, desde el comienzo, un cuaderno personal en el que vayan escribiendo sus propias conclusiones.


Comencemos por analizar nuestra realidad

Para que una persona pueda entregarse sin reserva a otra, primero debe conocerse y aceptarse a sí misma y luego tiene que conocer y aceptar a la otra. Muchas veces creemos que nos conocemos bien, sin darnos cuenta que en nuestro mundo interior quedan muchas zonas desconocidas. Más aún, creemos conocer bien a nuestro cónyuge y sólo hemos captado sus rasgos exteriores. Más tarde, a lo largo de la vida matrimonial, pueden aparecer sorpresas que nos desconcierten. Por esa razón los invitamos a que cada uno haga un recuento de su realidad, que trate de profundizar su conocimiento del otro, para que la aceptación mutua tenga un fundamento sólido y no sea sólo romanticismo.

Para que un matrimonio funcione bien, cada uno de los cónyuges tiene que aceptar al otro como persona concreta con sus aspectos positivos y negativos, es preciso que, antes de llegar al matrimonio, sean asumidos aquellos aspectos que más tarde pueden llegar a ser fuente de conflictos.

 

A. ¿Cómo me veo a mí mismo?

Cada persona es original en su personalidad, en sus experiencias, en sus cualidades y defectos. Estas características personales son determinantes para la vida en común. Por eso, invitamos a cada uno a hacer un recuento objetivo de su realidad.

 
1) Cada uno conserva huellas de su historia

Las experiencias positivas y negativas lo marcan profundamente. Son parte importante de su realidad; por eso hay que conocer y asumir sus huellas en la vida personal.

¿Cómo ha sido mi vida? ¿Estoy en paz con mi historia?

¿Cuáles han sido las experiencias que más me han marcado?

¿Que herencia he recibido de mi hogar en cariño, educación, alegrías, desengaños, frustraciones, etc.?

¿Cómo se manifiestan los afectos positivos y negativos que han dejado estas experiencias en mi?

Todo esto se refleja en mi personalidad, pero ¿de qué manera? ¿Tengo traumas, inhibiciones, complejos, represiones, amarguras, etc.?

¿Hay cosas que tengo que superar?



2) Cada uno es un proyecto incompleto de Dios y tiene la misión de completarlo

Tiene que decirse a sí mismo: “Yo soy una obra original de Dios. Tengo que descubrirme y valorarme a la luz de la fe”.

¿Qué me dice la fe sobre mi propia realidad?

¿Me siento hijo de Dios, hermano de los hombres y señor de la creación?

¿Estoy consciente que mi vocación primordial debe ser el amor?

¿Qué cualidades tengo para ello?

¿Cuál es la actitud que más me identifica: soy optimista,  positivo, alegre, pesimista, negativo, etc.?

¿Estoy contento con las cualidades que Dios me regaló, o bien, tengo complejos, insatisfacciones o rebeldías?

 

3) Cada persona tiene cualidades positivas

Es importante conocer, reconocer, agradecer y asumir los aspectos positivos con que Dios nos ha dotado.

¿Cuáles son mis rasgos espirituales positivos en cuanto a inteligencia,
      sensibilidad, voluntad, carácter, etc. ?

¿En el plano moral, qué virtudes siento mías?

En el ámbito religioso ¿qué sentimiento o actitud tengo frente a Cristo, la Virgen y la Iglesia?

En el ámbito cultural ¿cómo me he formado y enriquecido?

¿Cuáles de estas cualidades puedo aportar a mi matrimonio?

 
4) Cada persona tiene aspectos negativos

Cada uno tiene también características que no son positivas, pero que corresponden a su realidad.  Algunas se pueden superar a través del auto- educación y otras, en cambio, tendrán simplemente que ser asumidas.

¿Cuáles son mis defectos más visibles?

¿Cuáles son mis carencias en el plano de la formación, del carácter, ético,
de salud, económico, físico?

¿Qué cosas pueden dificultar mi aporte a la alianza matrimonial?

¿Tengo mañas y puntos débiles que pueden complicar mi convivencia matrimonial?

 

5) Cada persona tiene sus normas de conducta

Cada uno, para orientarse en la vida, reconoce ciertos valores y normas éticas, tiene metas, y deposita su confianza en un orden que reconoce como superior. El conjunto de esos elementos se podría sintetizar en un “credo”.

¿Cuál es mi “credo”, mis convicciones de fondo?

¿En qué deposito mi confianza?

¿Con qué valores me siento comprometido?

¿Cuáles son las normas éticas y principios que he incorporado en mi personalidad?

¿Creo en Dios? ¿He descubierto a Cristo, la Virgen y la Iglesia?

¿Me siento perteneciente a alguna religión?

¿Participo activamente de ella en ella?

¿Qué espero de la vida? ¿Qué pienso del final de ella?
 

Después que cada uno de ustedes ha reflexionado acerca de su propia realidad, conviene poner en común los resultados obtenidos, con toda la franqueza posible, esto es, sin forzar el ámbito de la intimidad personal. Tengan presente que los aspectos principales de la personalidad de cada uno, tarde o temprano, influirán en la vida en común.

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